Por Aarón SUÁREZ @aaronsuar
Écfrasis dedicada a Las rosas de Heliogábalo (1888) de Sir Lawrence Alma-Tadema

Néctar que hastía y aroma de miel,
lazos en rosa, vertientes de placer.
Delicados pétalos coronan mi espalda,
altares de oro cubren el alma.
Pétreo el mármol que nos une en tu desnudez,
cálida frialdad que se erige en medio del éxtasis,
calma orgiástica y pomposo delirio,
veneno resquebrajado; tanto que mata.
Deshojé un rojo clavel entre el rocambolesco dorado.
Sentí tu desnudez acariciarme con descaro.
¿Dónde dejó el joven emperador a su amado?
Corona sin brillo, traslúcida túnica en el altar.
Heriocles se convierte en dios, ¡salve, mi señor!
Prende en la bacanal una delirante fragancia a incienso.
Corrupta la carne que goza indistintamente del fuego,
rasgando las pieles, las espinas blancas del amor.
Compiten, vino y sudor, por el cáliz floral sobre la alfombra.
Crujió la granada romana, frambuesa en carmesí.
Mordí tu pecho sin que sangrase, sin morir.
El emperador miraba desde lo alto; gemí.
Observan las esposas mi desnudo torso vibrar,
danza acompasada que viene y se va.
Y en último rasguño la agarré.
La copa cargada de frescas uvas
se diluía entre el frenético revés,
cojines mojados, violetas sin pasión.
Lujuriosa gula resuena en el bajo vientre,
tormenta decadente que contamina el aire.
“Oro, seda y mármol” te cantó el poeta profano.
Envuélvete entre purpúreas sábanas, mi señor.
Sutil tanto en rojas, fallecimiento por afición.
No hay amante que no bese sin mezclar el juego nacarado,
sin frotar sus manos o romper tus muslos esculpidos.
Desnudas las cortesanas muestran su laureado sexo,
¡Bienvenidos al banquete, Heliogábalo sin amor!

