Para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, celebrado el pasado 8 de marzo, continuamos repasando algunas de las figuras femeninas más relevantes en la Historia del Arte. En esta ocasión después de centrarnos del Museo del Prado, abordaremos cinco artistas expuestas en el Museo Thyssen – Bornemisza.
Berthe Morisot (1841-1845):
Por Cristina Arriaza Serrano y Carlota Esteban Domínguez.

Fuente: Musée d´Orsay
Berthe Morisot, fue una conocida pintora francesa, fundadora y una de las figuras clave del movimiento impresionista. Mantuvo una estrecha y fructífera relación con Manet, Renoir o Degas, con los que compartió su interés por los temas cotidianos y por la captación de los efectos de luz.
Nacida en el seno de una familia de la alta burguesía, desde una temprana edad se interesó por el mundo del arte. Desarrolló una carrera artística profesional durante más de tres décadas. Con tan solo 23 años comenzó a exponer en el Salón de París. Morisot fue la única participante femenina en el movimiento de la primera muestra impresionista de 1874. Sin embargo, fue relegada a un segundo plano por los historiadores del arte, más específicamente a la categoría de artistas femeninas, por su temática de la vida cotidiana (mujeres, niños y escenas domésticas).
Más adelante se casó con el hermano de su gran amigo Édouard Manet, Èugene Manet, quien apoyó siempre su carrera artística y con quien dio a luz a su única hija. Morisot logró exponer individualmente en vida, hecho que da cuenta del alcance y respeto que suscitaba como artista.
Berthe Morisot luchó durante toda su vida contra los prejuicios de quienes rechazabanla idea de que las mujeres pudieran tener el mismo éxito que los hombres. Fue una pintora profesional, pensadora, además de esposa y madre y, ante todo, una mujer pionera que abrió camino para las artistas que se alzarían con el pincel después de ella.
El espejo psiqué (1876):
El espejo psiqué es una de las obras más conocidas de Morisot, presentada con gran éxito en la Tercera Exposición Impresionista de 1877. En este cuadro se observa a una mujer joven frente a un espejo, entallando su camisón blanco, lo que parece ser su ropa interior.
Encontramos los rasgos propios del movimiento impresionista en las pinceladas sueltas y rápidas, sin línea de dibujo definida. Cabe destacar la importancia que la pintora le da a la luz y cómo esta afecta a los colores y formas de la escena. Observamos un claro encuadre fotográfico que sitúa al espectador sobre un punto de vista ligeramente elevado y corta una parte del sofá transmitiendo así una mayor sensación de dinamismo y espontaneidad.

A esta obra se le han atribuido diversos significados. En primer lugar, el nombre de “psiqué”, hace referencia a un espejo abatible en el que la joven se refleja. Por otro lado, se hace referencia a la historia clásica de Psique y Eros. “Psiqué”, cuyo símbolo era una mariposa, era considerada una representación del alma inmortal, por ello Morisot, hace alusión a esto mediante la postura de los brazos de la joven, simulando así las alas de una mariposa.
Gabrielle Münter (1877-1962):
Por Gonzalo López Vivar, Mario Sáez Martín y Santiago José García.

Gabrielle Münter fue una destacada artista alemana nacida el 19 de febrero de 1877 en Berlín. Es conocida principalmente por su asociación con el movimiento expresionista alemán, así como por su relación personal y artística con el pintor Wassily Kandinsky.
Münter estudió Arte en la Mujer Schule für Malerei (Escuela de Pintura para Mujeres) en Düsseldorf, Alemania, donde desarrolló su habilidad pictórica. A principios del siglo XX, se trasladó a Múnich para continuar sus estudios en la Academia de Arte de Múnich. Fue en esta ciudad donde conoció a Kandinsky, quien se convertiría en su compañero y una influencia significativa en su carrera artística.
La relación entre Münter y Kandinsky fue intensa y creativa. Juntos exploraron nuevas ideas artísticas y compartieron un interés por el arte abstracto y la expresión emocional en la pintura. Münter participó activamente en los círculos artísticos de vanguardia de la época, incluyendo el grupo Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), fundado por Kandinsky y Franz Marc en 1911.
A lo largo de su carrera, Münter experimentó con una variedad de estilos artísticos, desde el impresionismo hasta el expresionismo y la abstracción. Su obra incluye paisajes, retratos, naturalezas muertas y composiciones abstractas. Se la reconoce por su uso audaz del color y la forma, así como por su capacidad para capturar la esencia emocional de sus sujetos.
Después de la Primera Guerra Mundial, Münter y Kandinsky se separaron, pero ella continuó pintando y viajando. Durante la Segunda Guerra Mundial, Münter se retiró a vivir en la pequeña ciudad de Murnau, donde había pasado parte de su tiempo con Kandinsky. Allí cuidó de sus obras de arte, muchas de las cuales habían sido consideradas «arte degenerado» por el régimen nazi.
Después de la guerra, Münter donó gran parte de su obra, incluyendo muchas obras de Kandinsky, al Museo Lenbachhaus en Múnich. Falleció el 19 de mayo de 1962, dejando un legado duradero en el mundo del arte, tanto por su propia contribución como por su asociación con uno de los movimientos artísticos más importantes del siglo XX.
Autorretrato de Gabrielle Münter (1908):
El retrato siempre sería uno de los temas esenciales de la producción artística de Münter. Como podemos apreciar en este autorretrato, fechado en 1908, la pintora se sintió especialmente interesada en la captación de los estados de ánimo. Utiliza una estética cercana al impresionismo tardío, más empastado y expresivo, que anuncia su estilo expresionista de madurez.

Fuente: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
Esta obra es un autorretrato a la edad de 30 años que se centra especialmente en intentar captar el estado de ánimo más allá de la verosimilitud de lo mostrado. Münter sufría depresión y eso se ve reflejado en la obra.
Normalmente pintaba con colores intensos sin mezclar, sin embargo para representarse a sí misma elige una paleta mucho más limitada, simplificada valiéndose de los trazos negros para remarcar las diferentes zonas que quiere mostrar y marcando con líneas claras los límites de las distintas partes. Gracias a ello así como al uso del color se crea un fuerte contraste que enfatiza a la persona sobre el fondo que queda monocromo.
Sonia Delaunay (1885 – 1979):

Por Joy Charrie, Mónica Huertas y Paula Lasso:
Sonia Delaunay, nacida en Ucrania en 1885, se destacó como una figura clave en el arte y el diseño del siglo XX. Aunque su familia se mudó a San Petersburgo, fue en París donde floreció su carrera. En 1909, conoció a Robert Delaunay, su futuro esposo y colaborador artístico.
Sonia y Robert fundaron el movimiento conocido como Orfismo, caracterizado por la fusión de colores y formas geométricas. Su obra rompió con las convenciones artísticas de la época, destacando por la vibrante paleta de colores y la experimentación con la abstracción. Sonia no se limitó a la pintura, entró en el ámbito del diseño textil y de moda, aplicando sus innovadoras ideas a telas y prendas. Su enfoque multidisciplinario la convirtió en una precursora del arte aplicado.
Durante la Primera Guerra Mundial, la pareja se trasladó a España y luego a Portugal, donde continuaron su labor creativa. Después del conflicto, regresaron a París y y Sonia abrazó el diseño de moda con entusiasmo, colaborando con importantes casas de moda. A lo largo de su vida, Sonia Delaunay desafió las barreras entre las artes plásticas y aplicadas, dejando un legado duradero en la historia del arte moderno. Falleció en 1979, pero su impacto perdura, recordándonos su valioso aporte a la experimentación artística y al diseño innovador.
Vestidos Simultáneos (1925):
Los Vestidos Simultáneos de Sonia Delaunay se destacan como una expresión magistral de su visión artística única y su habilidad para fusionar arte y moda. Creados en la década de 1920, estos vestidos engloban la esencia del movimiento Orfista que Sonia cofundó junto a su esposo Robert Delaunay.
Durante su estancia en España, la artista diseña el vestuario para ballets rusos, abre en Madrid su primera tienda de ropa (Casa Sonia), y crea el primer vestido simultáneo, a partir de la unión de trozos de telas diferentes en forma, color y textura. En estos vestidos, la paleta cromática vibrante es uno de los elementos más distintivos. La selección audaz y armoniosa de colores contrastantes crea una experiencia visual dinámica y vibrante. La interacción de las formas geométricas, como círculos y triángulos, se convierte casi en un juego visual. Sonia logra una síntesis armoniosa de elementos abstractos y funcionales, elevando la moda a una forma de arte expresiva y dinámica.

Las tres figuras femeninas sin rostro, como maniquíes anónimos, destacan por sus vestidos y el entorno circundante. Era el vestuario de la mujer moderna. Mediante esta obra, la pintora plasmó en el lienzo sus exploraciones en cuanto a color y formas, reflejando también su faceta como diseñadora de moda. Los tres vestidos representados en la obra fueron creaciones reales, siendo uno de ellos diseñado específicamente para la actriz Gloria Swanson.
Se encuentran en un espacio reminiscente sin rostro ni pies no pudiendo identificar si están en un espacio abierto o cerrado. Cada vestido es una narrativa visual que trasciende la función utilitaria, convirtiéndose en una obra de arte que sigue resonando con modernidad y creatividad. Además, la elección de los materiales y la meticulosa atención a los detalles demuestran la maestría de Sonia en el diseño textil. La fusión de patrones y la yuxtaposición de colores dan como resultado toda una experiencia estética.
Natalia Sergéyevna Goncharova (1985-1962):

Por Gonzalo López Vivar y Santiago José García Caballero.
Natalia Sergéyevna Goncharova nació en Ladýzhino, Rusia, el 4 de junio de 1985 y falleció en París, Francia, el 17 de octubre de 1962. Puede considerarse la primera mujer artista de la vanguardia rusa y una de las figuras más destacadas del panorama artístico anterior a la Primera Guerra Mundial en su país. Estudió escultura en la Escuela de pintura, escultura y arquitectura de Moscú, pero comenzó a pintar en 1904.
En el año 1900 conoció a Lariónov, con quien mantendría una relación de por vida y con quien se casó en 1955. Junto a él, fueron los padres del avant-garde ruso pre-revolucionario en 1911, organizando la exposición La cola del burro en 1912 en Múnich. En 1913 presentó en Moscú su primera gran exposición, con un total de 800 obras. Un año después se fue a París donde inició su trayectoria como diseñadora de vestuario y coreógrafa. Durante ese año realizó varios decorados y diseños para la primera producción parisina Le Coq d’Or, una ópera basada en música y libreto en ruso. En 1915 diseñó decorados en Ginebra y trajes para el ballet Liturgy , el cual incluía música de himnos ortodoxos rusos, aunque nunca se llevó a cabo en la vida de la artista.
En el año 1921 colaboró con la exposición Russian Arts and Crafts en la galería Whitechapel Gallery en Londres, en los años posteriores trabajó para ballets como Foire Russe, Contes des Fées y L’Oiseau de Feu y siempre teniendo como punto de inspiración los trajes tradicionales de su país. En 1926 diseñó la coreografía para el ballet L’Oiseau de Feu. En 1922 ilustró el cuento Tsar Saltan y el libro Ermitaños del poeta ruso Kruchenykh.
En 1934 diseñó la coreografía para el Ballet Russe de Monte Carlo, dos años después participó en la exposición Cubismo y Arte Abstracto en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Posteriormente en 1943 trabajó como diseñadora del bailarín y coreógrafo Serge Lifar. Poco antes de su muerte en París en 1962, el Arts Council de Londres organizó una exposición retrospectiva con su obra y la de Larionov.
La pesca (1909):
Goncharova se enamoró desde pequeña de los campesinos y pescadores de su Polotnianyi Zavod natal (cerca de Moscú), de los trabajos que realizaban, del colorido de sus vestimentas, su artesanía… Tan enamorada que no cesó de representar obras como esta en su carrera.
Esta obra nos muestra una situación tradicional rusa, temática muy recurrente en las pinturas de Natalia Goncharova. En concreto se trata de una reorganización del arte tradicional ruso como una búsqueda de nuevas direcciones en la pintura.

En cuanto a las características de la pintura, podemos destacar el “primitivismo”, no sólo en su temática, sino en la estilización y la forma de las figuras que componen la obra. La pintura está llena de colores muy vivos que recuerdan bastante a las obras de Gauguin y Matisse, a lo que se suma una pincelada inspirada por Cézanne. La pintora consideraba que el arte y la artesanía tradicional eran elementos fundamentales en la renovación del arte y del diseño ruso.
Georgia O’Keeffe (1887-1986):

Por Claudia Pozuelo y Celia Sámano
Georgia O’Keeffe es una de las artistas más importantes del siglo XX, reconocida como “ la madre del modernismo americano” . Produjo más de 2,000 obras de arte a través de su carrera y es más conocida por sus pinturas de flores, huesos, rascacielos de la Ciudad de Nueva York, y paisajes y sujetos del suroeste, concretamente Nuevo México. La artista nació en 1887 en Sun Prairie, Wisconsin. Se crió en el seno de una familia dedicada a la producción de leche, siendo la segunda de siete hijos.
Con diez años comenzó su interés por el arte y se formó junto a su hermana con la acuarelista local Sara Mann. Posteriormente estudió en el Instituto de Arte de Chicago de 1905 a 1906 y la Liga de Estudiantes de Arte en Nueva York de 1907 a 1908. Habiendo originalmente estudiado pintura realista, O’Keeffe rompió con la tradición a partir de 1912 después de estudiar las ideas de Arthur Wesley Dow.
Buscando crear arte que expresara sus propias ideas y pensamientos, cambió de lleno su foco de atención al a de lleno y para 1915 se convirtió en una de las primeras artistas estadounidenses que practicara pura abstracción.
Se expuso el trabajo de O’Keeffe por primera vez en 1916, por el marchante y fotógrafo de renombre Alfred Stieglitz, con quien luego se casó en 1924. En 1929, visitó Nuevo México por primera vez y el paisaje de la región y el arte indígena la inspiraron a pasar bastante tiempo creando en el estado, donde finalmente estableció su hogar permanente en 1949.
En los años 50, O’Keeffe viajó por el mundo y comenzó a pintar nuevos paisajes, tales como las montañas del Perú y el Monte Fuji en Japón, nubes y ríos. Su última pintura independiente al óleo la realizó en 1972, dado el progreso de su degeneración macular. En los siguientes años continuó su trabajo acompañada de numerosos asistentes. Finalmente murió en 1986 en Santa Fe, Nuevo México.
Lirio blanco n°7 (1957):
Lirio blanco es una obra icónica de la reconocida artista George O’Keeffe, quien es famosa por sus representaciones detalladas y abstractas de flores y paisajes del suroeste estadounidense. Esta pintura captura la esencia misma de la flor de lirio blanco, con sus pétalos suaves y formas orgánicas.
El lirio, en muchas culturas y simbologías, está asociado con la feminidad y la pureza. Se le considera un símbolo de la belleza, la gracia y la elegancia femenina. Además, en algunas tradiciones, el lirio también representa la fertilidad y la maternidad. Su forma delicada y su fragancia suave a menudo han sido comparadas con la delicadeza y la belleza de la mujer.

O’Keeffe logra transmitir una sensación de serenidad y belleza natural a través de su enfoque en detalles sutiles y tonos suaves. La obra invita a contemplar la simplicidad y la elegancia de la naturaleza, mientras que al mismo tiempo ofrece una visión única de la interpretación artística de la vida vegetal.
La pintora adopta el primer plano quizás por la influencia de los fotógrafos de vanguardia del círculo de Alfred Stieglitz. Por otra parte del encuadre fotográfico deriva su forma de cortar los motivos pictóricos, un recurso que además añade una mayor abstracción a sus composiciones.

