Por Rubén MARTÍN @rmbmovimart
El Museo ICO de Madrid dedica una retrospectiva a los vínculos entre Sáenz de Oíza, uno de los arquitectos españoles más renombrados del Siglo XX, y los artistas que colaboraron con él y/o le inspiraron.

Los seres humanos son volubles y, en ocasiones, duales. Paradójicos. Se nos muestra una imagen sumamente contradictoria. En primer plano, una barca sin timonel. Más en lontananza, un modesto barco de vela, ocupado por una alma. En torno a ellos, la mar profunda. Al fondo, el horizonte infinito. Sobre ellos, el cielo y la aparente soledad. Se sabe que el velero se llamaba Marcopolo [sic]. Y que el marinero, apenas visible, era Francisco Javier. Se apellidaba Sáenz de Oíza. Se nos muestra aislado, solo, presuntamente perdido. Pero no era así.
Es lo que pretende demostrar la exposición “Sáenz de Oíza. Artes y oficios” que el Museo ICO de Madrid le dedica hasta el 26 de abril al arquitecto navarro, Premio Príncipe de Asturias de las Artes (1993), Nacional de Arquitectura (1946 y 1954) y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (1987).

Considerado uno de los arquitectos más brillantes de su generación junto a Alejandro de la Sota, Miguel Fisac y el dúo Corrales-Molezún, esta muestra no busca una recopilación cronológica de obras, como la de su centenario en el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid en 2018. Su propósito es bucear en los orígenes, formación y, sobre todo, en las relaciones e influencias entre el Maestro y diversos compañeros de viaje, no necesariamente arquitectos. Está comisariada por tres de sus hijos (Javier, Vicente y Marisa Sáenz Guerra), del gremio, que han aportado la inmensa mayoría de las piezas expuestas.
Oíza (1918-2000) recorrerá una larga senda desde su Cáseda natal, que consideraba casi “medieval”, hasta sus grandes hitos (Torres Blancas, Banco de Bilbao) y polémicas (Viviendas sociales en la M-30, Palacio de Festivales de Santander), pasando por sus estudios de Arquitectura en Madrid y una estancia becada en Estados Unidos que le abrirán ojos y mente. A lo largo de 5 secciones y mediante más de 250 objetos -planos, cuadros, esculturas, maquetas, carteles y posesiones íntimas- se desgranarán diversas emociones y yuxtaposiciones, tanto personales como profesionales. Las múltiples facetas de una gema poliédrica que reciben luz y contexto.
Estudiar, poblar, levitar
El primer espacio, “El oficio de aprender / El arte de enseñar”, actúa de máquina del tiempo a un pasado inquieto. Oíza es retratado por Asterio Mañanós Martínez con apenas quince años. Tres peonzas. Una bicicleta. Una radio. Recuerdos del ayer. Sus primeros dibujos, como el de un Motor de hélice, estudios de órdenes clásicos, así como una pequeña talla de un crucifijo realizada a segueta, demuestran su temprano dominio técnico y manual, no ajeno al de su padre Vicente Sáenz Vallejo, del que se contraponen diversas piezas. Ilusión y madurez.

Con el Retrato de un artista adolescente de James Joyce en la maleta y Le Corbusier en el pedestal (le dedicará un rendido collage en 1987), Oíza se mantendrá toda su vida en la dicotomía entre aprendizaje y enseñanza. En las Escuelas de Batán de 1967, mostradas aquí, ya se vislumbran los remates circulares de Torres Blancas. El esquematismo de sus maquetas, como la del Proyecto Horizonte, o el detallismo de sus planos para la Universidad Pública de Navarra (1989) proyectan de nuevo esa dualidad entre la búsqueda de lo esencial y el rigor exacerbado.
En el segundo espacio, “El oficio de habitar / El arte de construir”, se comprende que para Oíza no existía palacio más importante que La Casa, cueva moderna para un morador aún salvaje e inadaptado. Se ofrecen ejemplos sobre este campo en Talavera de La Reina, La Florida (Casa Arturo Echevarría), Torrelodones, Entrevías o Fuencarral. Las fugaces estampas de la finca mallorquina familiar abordan por el contrario ese misterioso juego del arquitecto habitando lo creado por otro arquitecto.
Su intención era ofrecer respuestas a las necesidades del habitante, pero no siempre lo consiguió. Los vecinos de su contestado bloque-pantalla junto a la M-30 de Madrid (oficiosamente El Ruedo, 1988) le criticaron el tamaño de los dormitorios, aspecto que sus hijos confirmaron que consideraba superfluo. Oíza les espetó: “si creen que es tan fácil ser arquitecto, sáquense la carrera y háganlo ustedes”. Podría haber afirmado: “los dormitorios son para dormir. Y punto”.

El tercer espacio, “El oficio del alma / el arte de evocar”, viaja únicamente por el Santuario de Aránzazu. Una conjunción mística debió provocar aquella concatenación deslumbrante de artistas de 1950 en Oñate (Guipúzcoa): Eduardo Chillida, Jorge Oteiza, Lucio Muñoz, Antonio López (ayudante), Néstor Basterrechea, el propio Oíza junto a Luis Laorga… Entre todos facturaron una basílica radical y única. Hasta la visibilidad de los coros y la acústica de la nave se exploraron con minuciosidad franciscana. Se acompañan los diversos bocetos con los cuadros de Carlos Pascual de Lara (encargado del retablo antes de fallecer) y de Basterrechea, amén de los diseños para las vidrieras de Xabier Álvarez de Eulate. Otro proyecto mostrado, la no construida Capilla del Camino de Santiago, exacerba una extraña espiritualidad de la arquitectura moderna en medio de un trigal insólito.
Trascender, vencer

El cuarto espacio, “El oficio de creer / El arte del mecenazgo”, une fundamentalmente los nombres de Oíza y del constructor Juan Huarte, con las Torres Blancas (que ni son níveas ni un dúo) de Madrid como epítome y consagración. Obra estrella, de brutal organicismo, reina de la exposición en cantidad de material. Las maquetas arbóreas y los fascinantes bocetos plagados de formas circulares dejan entrever su profundo ensimismamiento en los detalles. “El trabajo del arquitecto no es amueblar casas”, podría haber susurrado. Testigo de las Vanguardias históricas, Oíza detalla modernistamente la forma de ventanales, techos, puertas de paso, biombos, cabinas de ascensores y hasta los taladros de la red eléctrica. El ya citado hiperrealista Antonio López empleó su azotea para pintar su Madrid desde Torres Blancas (1974-1982), en manos privadas pero cedido para la exposición, junto a varias fotografías del proceso pictórico.
Importante es también su trabajo para la Fundación Museo Jorge Oteiza, por su íntima relación con el artista vasco, lo que justifica un despliegue numeroso de diversas esculturas, bustos y porcelanas del escultor. Esta sección se complementa con un vídeo sobre Huarte en el que se aprecia a promotor, arquitecto y escultor en acción, debate y compadreo.

Por último, “El oficio de competir / El arte de representar” repasa los intentos de vencer en justa lid en los terrenos de la arquitectura y de la vida. No ganó con su Embajada de España de Bruselas ni en un concurso internacional en Montecarlo. Pero sí, rotundamente, con su torre del Banco de Bilbao (infrarepresentada) del Paseo de la Castellana de Madrid y con el Palacio de Festivales de Santander, de los que se muestran maquetas y secciones.
La exposición no satisfará a quien busque el “catálogo razonado” del arquitecto, pero sí a quienes necesiten la prospección en el alma y las emociones del artista. Dentro de la interesante delimitación temática, es evidente el mayor peso de unas obras (Torres Blancas, Aránzazu) respecto a la presencia ridícula de otras (Banco de Bilbao), lo cual descompensa la visión. Por leves momentos está presente un cierto hálito hagiográfico, aunque esto lo equilibra y contrapone el abundante material ajeno. Exposición para repasar, no para descubrir, dirán algunos. Quizá para reflexionar y relacionar perspectivas, dirían otros. Pero siempre Oíza, que es lo que importa.
DATOS ÚTILES
- Lugar: Museo ICO
- Localización: Calle de Zorrilla, 3, 28014 Madrid
- Web: www.fundacionico.es
- Fecha: Del 7 de febrero al 26 de abril de 2020
- Transporte:
- Autobús: Líneas EMT 3, 15, 20, 51, 53 y M1
- Metro: Sevilla (Línea 2)
- Horario:
- De martes a sábado de 11:00 a 20:00 horas
- Domingos y festivos de 10:00 a 14:00 horas
- Precio: Entrada gratuita

