Collage de obras de seis mujeres que cambiaron la historia del arte. Sus nombres en orden de aparición de sus obras : Artemisia Gentileschi, Tamara de Lempicka, Mary Stevenson Cassatt, Louise Catherine Breslau, Sofonisba Anguissola y Frida Kahlo.

Por Daniela PARADA PASCUAL  @DanielaParada_8

En un mundo dominado por hombres, donde las mujeres representaban únicamente el papel de musa o de modelo, algunas valientes levantaron la voz para reivindicar la calidad de sus obras. No más en segundo plano, ellas lograron conquistar un papel de mayor relevancia: el de artistas.

Al igual que en el resto de los ámbitos culturales, en las artes plásticas el pertenecer al género femenino fue un factor que jugó en contra de muchas mujeres artistas, a pesar de que varias de ellas destacaran por su talento incluso más que algunos de los hombres más aclamados de la historia del arte.

Asimismo, el punto de vista femenino y su representación permanecieron  suprimidos por años. Tan solo algunas pudieron contarnos la historia a través de su sensibilidad: un relato de duelo, injusticia y desigualdad social que sigue siendo muy actual.

Gracias a su constancia, tenacidad y fuerza, la mujer ha adquirido un papel cada vez más relevante en el mundo del arte, pero, aunque los logros sean muchos, la lucha persiste. Una manera de continuar defendiendo el genio artístico femenino es rescatando del olvido de una narración androcéntrica a las mujeres que cambiaron la historia del arte con sus obras y ubicarlas en el lugar que les corresponde.

El Barroco violento de Artemisia Gentileschi

Romana de nacimiento, Artemisia Gentileschi (1593-1656) fue una de las artistas más importantes del Barroco italiano, a la vez que una de las más desconocidas. A pesar de que su obra no llegó a tener el reconocimiento que merecía debido al hecho de ser mujer, a día de hoy, su manera de trabajar la luz y su pincelada delicada son aplaudidas por la crítica. Además, se le considera un icono feminista por negarse a representar los modelos típicos de feminidad de una época en la que el mundo del arte era un juego de varones.

Judit decapitando a Holofernes, Artemisia Gentileschi, 1612.  Autorretrato como alegoría de la pintura,  Artemisia Gentileschi, 1638.

Proveniente del seno de una familia llena de artistas de los últimos coletazos del Renacimiento, Artemisia Gentileschi demostró su talento a temprana edad. Su padre Orazio, también pintor, reconoció sus dotes y le permitió recibir una educación artística desde pequeña.

A sus diecinueve años, su obra y su vida dieron un giro drástico cuando fue violada por un hombre que supuestamente era su maestro. Además, el enfrentar un humillante estudio ginecológico para comprobar la realidad del caso la afectó considerablemente.

Desde entonces, su obra se centró en fantasías de venganza contra su violador, a través de escenas oscuras y violentas. Su estilo caravaggista correspondía perfectamente con su realidad dramática y cruda. A través de cuadros históricos y mitológicos, Artemisia logró representar simbólicamente en su pintura la lucha contra el patriarcado y la injusticia sobre las mujeres.

Sofonisba Anguissola, la pintora de Felipe II

Sofonisba Anguissola (1535-1625) fue una pintora renacentista italiana que, a diferencia de otras artistas, tuvo mucho éxito en vida. 

Pudo formarse desde niña en la pintura y la música junto con sus hermanas debido a que provenía de una pequeña familia aristócrata de la época.

Su maestro era el pintor Bernardino Campi, quien le enseñó a retratar al estilo manierista a los miembros de su familia en situaciones cotidianas. 

Completó su formación en Roma, donde logró introducirse en los círculos artísticos más importantes. Llegó incluso a conocer a Miguel Ángel y a aprender de él.

La artista fue invitada a la corte de Felipe II de España para ejercer como dama de honor en su boda con Isabel de Valois. Ambas establecieron rápidamente una amistad debido a sus gustos en común por el arte y la música. Durante su estancia en la corte, Anguissola realizó retratos de todos los miembros de la familia real sin recibir dinero a cambio ni añadir su firma.

Partida de ajedrez, Sofonisba Anguissola, 1555. Autorretrato con caballete, Sofonisba Anguissola, 1565.

La célebre retratista y pintora religiosa terminó su obra a los casi noventa años de edad, dejando como legado una amplia y admirable colección artística.

El Impresionismo femenino de Mary Stevenson Cassatt

Aunque casi siempre pensemos en hombres cuando hablamos del Impresionismo, el movimiento artístico también estaba compuesto por mujeres. Una de ellas era Mary Cassatt (1844-1926), una pintora con un talento extraordinario, que evolucionó desde el academicismo hasta el movimiento impresionista. 

Procedente de Estados Unidos, pasó su infancia viajando por Europa, lo que le permitió asistir a la Exposición Universal de París de 1855, y conocer la obra de los primeros maestros franceses del Impresionismo, tales como Pissarro y Degas.

Sería luego de la Exposición Universal que Cassatt decidiría darle a sus padres el disgusto de convertirse en artista. Al matricularse en la Academia de arte, su mundo comenzó a cambiar: las salidas de fiesta con sus compañeros varones fueron cada vez más comunes y las primeras discusiones feministas empezaron a aflorar. 

La artista despreciaba a la Academia porque, por normas conservadoras, no se le permitía trabajar con modelos desnudos sino únicamente con moldes. Rápidamente decidió abandonarla y tomar clases particulares con el academicista Jean-Léon Gerôme, con quien mejoró notablemente su técnica pictórica hasta lograr ser admitida por el jurado en el Salón de París.

Cassatt comprendía que, al ser mujer, su obra no sería tomada en serio a no ser que tuviera un amigo o un amante en el jurado. No obstante, nunca cayó en la tentación de seguir estrategias machistas para poder resaltar. Prefirió, en cambio, unirse al grupo de los impresionistas, quienes desde 1874 tenían el beneplácito de los críticos de la época.

En realidad, las mujeres del siglo XIX no podían formar parte de las reuniones intelectuales de los cafés; sin embargo, Cassatt se reunía en privado con los impresionistas gracias a su amistad con Degas.


The Boating Party. Mary Stevenson Cassatt, 1893. Niña pequeña en un sillón azul, Mary Stevenson Cassatt, 1878.

Si Cassatt hubiese sido un hombre, seguramente todos habríamos estudiado su obra como la de cualquiera de sus compañeros impresionistas; lamentablemente, a día de hoy, casi nadie sabe de ella.

En su producción destacan la representación de la vida social y privada de la mujer y la maternidad. A través de su talento y gran destreza pictórica, convirtió a la figura femenina en un símbolo de reivindicación.

Louise Catherine Breslau, símbolo de la Académie Julian

En la París de finales del siglo XIX, donde el arte estaba en plena ebullición, una pintora alemana consiguió ganarse el respeto del Salón de París. Hablamos de Louise Catherine Breslau (1856-1927), una artista que, a la edad de diez años, fue trasladada a un convento cerca del lago Constanza para que superara sus problemas de salud. 

Sería en el convento donde descubriría su gusto por el arte y cuando comenzaría a tomar clases de pintura con el artista Eduard Pfyffer. 

A sus dieciocho años, decidió labrarse su futuro como artista en París e ingresó en la única academia que admitía a mujeres, la Académie Julian. 

En 1879, presentó en el Salón de París un autorretrato con el que rápidamente ganaría la admiración de artistas como Degas y comenzaría a participar en La Vie Moderne, la revista de los impresionistas. 

Años más tarde abriría su propio taller, en el que pintaría durante muchas décadas en compañía de Madeleine Zillhardt, su musa y pareja.

Gamines (Niñas), Louise Catherine Breslau, 1890. Retrato de amigos, Louise Catherine Breslau, 1891.

La insigne artista recibió varios premios por sus cuadros. Ganó, de hecho, la medalla de oro de la Exposición Universal de París en 1889, convirtiéndose en la primera mujer en recibir un galardón de este tipo.

El Dadaísmo encarnado de Elsa Von Freytag-Lorinhover

Conocida como la primera performer de la historia, la baronesa alemana Elsa Von Freytag-Loringhoven (1874-1927) representaba el movimiento Dadá con cada fibra de su cuerpo. 

Desde su llegada a Nueva York, comenzó a trabajar como modelo para artistas como Man Ray, Marcel Duchamp y Djuna Barnes. Sumergida en ese ambiente artístico, la baronesa decidió convertirse en una obra de arte andante y encarnar la esencia del Dadaísmo asumiendo una actitud radical que acompañaba con una vestimenta extravagante. 

La reina Dadá era una obra de arte en sí misma: se paseaba por las calles de Nueva York como un puzzle expuesto para ser descifrado. Con unas cucharillas como pendientes, un cubo de metal como sombrero y latas de tomate vacías como sujetador, celebraba por las calles su espíritu moderno y vanguardista, lleno de excentricidades.

La narrativa tradicional ha dejado todas sus aportaciones en la sombra, en especial la de Fuente, el famoso urinario presentado por Marcel Duchamp para la exposición de la American Society of Independent Artists en Nueva York. 

El “primer ready-made” u objeto cotidiano expuesto en un museo, supuestamente ideado por Duchamp, podría resultar ser una obra de Elsa Von Freytag-Loringhoven, según una nueva teoría.

El descubrimiento de cartas redactadas por Duchamp en las que el artista  asegura a su hermana que una amiga suya, llamada Richard Mutt, le había enviado un urinario a modo de escultura ha servido como prueba para poner en duda la autoría de Duchamp. En efecto, en la Fuente aparecen escritas dos palabras: “R. Mutt”, seudónimo con el que la baronesa se hacía llamar como parte de su proceso de autoconstrucción artística. 

Existe la gran posibilidad de que la idea del urinario fuera de Elsa  Von Freytag-Lorinhover, pero que los historiadores la atribuyeran a Duchamp.

Imagen de la baronesa Freytag-Lorinhover.  Fuente, Marcel Duchamp, 1917

Frida Kahlo: el arte de convertir el dolor en valentía

Caracterizada por una obra expresiva e inspiradora, Frida Kahlo (1907-1954) destacó no solo por ser una pintora de notable calidad técnica sino también por ser capaz de expresar en su obra la identidad femenina desde su propia perspectiva, rechazando la visión de la mujer que había sido reproducida por los hombres hasta ese momento.

Kahlo impulsó un estilo único y muy personal, basado por completo en su vida, algo que ninguna mujer había hecho hasta la fecha. “Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad”, alegaba la artista cuando se le preguntaba de dónde venía su inspiración. Y, en efecto, la mayoría de sus obras son autorretratos cargados de un gran dramatismo derivado del dolor sentido a lo largo de su existencia, tanto físico como emocional. 

No obstante, a pesar de ese dolor, su obra nunca se detuvo.

La columna rota, Frida Kahlo, 1944.   Las dos Fridas, Frida Kahlo, 1934.

En su obra, la artista abarcó desde sus experiencias personales hasta la escena política y cultural mexicana, escenas de las que llegó a interesarse tras su matrimonio con el pintor Diego Rivera.

A sus cuarenta y siete años, Kahlo moriría consciente de haber llevado una vida difícil, pero valiosa. Unos días antes de su fallecimiento, afirmó: “Espero que la salida sea alegre y espero no volver nunca”.

Tamara de Lempicka: la baronesa con pincel

Capaz de reunir en un estilo único el Renacentismo italiano y el Cubismo, Tamara de Lempicka (1898-1980) es considerada una de las mayores representantes del Art decó. Este estilo decorativo tenía como ejes principales la elegancia, la sofisticación y el glamour.

 Autorretrato en un Bugatti verde, Tamara de Lempicka, 1929.     Group of Four Nudes, Tamara de Lempicka, 1925.

Gracias a su elegante y ecléctico gusto, esta pintora polaca se convirtió en la artista de moda de la París de inicios del siglo XX.

Famosa entre burgueses y aristócratas por sus retratos y desnudos, Lempicka gozó de un gran éxito al unir su amor por Ingres y Botticelli con algunos rasgos cubistas de geometrización.

La retratista, denominada “la baronesa con pincel”, forjó en sí misma una leyenda inusual en la que el hedonismo, las orgías, las fiestas, la cocaína y la bisexualidad fueron protagonistas.

A pesar de todas las adversidades que tuvieron que enfrentar a lo largo de sus vidas, estas mujeres defendieron su sensibilidad creativa en todo momento. Respetando su intuición artística, lograron superar los esquemas que limitaron por años la expresión femenina y trazaron un camino para que sus sucesoras pudieran ser libres de manifestarse como quisieran. Por estas y más razones, estas seis mujeres son verdaderos símbolos feministas. El recordarlas es un homenaje no solo a su arte, sino también a nuestra propia libertad como mujeres.