Activista pega su mano a Las Majas de Goya el 5 de noviembre de 2022 en el Museo del Prado de Madrid.

Por Giulia SAFON ROVATI @lia_rovati

El mundo del arte se ha visto implicado en las protestas de distintos grupos ecologistas durante el año 2022. Extinction Rebellion, Just Stop Oil. Stop Fossil Fuel Subsidies y Última Generación, han mostrado sus reivindicaciones medioambientales y las han hecho visibles en los museos junto a las grandes obras maestras. 

Desde mayo de 2022 hemos presenciado al menos catorce manifestaciones medioambientales dentro de recintos museísticos, que muestran sus reivindicaciones delante de obras de prestigio mundial y relevancia cultural incalculable, en ocasiones lanzando pintura sobre los cristales que las protegen, pegando sus manos a los marcos o escribiendo proclamas en las paredes de las salas donde se alojan.

Protesta tras protesta, un aluvión de comentarios de especialistas en el mundo del arte, artistas y personas de todos los sectores culturales y sociales ha inundado nuestras redes sociales dejando ver posturas encontradas ante estos hechos tan impactantes e inusuales a la hora de reivindicar acciones contra el cambio climático o la sobreexplotación de los recursos del planeta.

Para conocer en detalle lo que ha sucedido, hacemos un recuento de las acciones acometidas, los protagonistas de estos hechos y las posibles motivaciones que se esconden detrás de los hechos. 

Recapitulación: recuento de las acciones ecologistas dentro de los museos

La primera vez que nos enteramos de que alguien le había hecho algo a un cuadro para alertar sobre el cambio climático fue en mayo de 2022. Precisamente el 29 de dicho mes, un hombre vestido de anciana en silla de ruedas entró al museo parisino del Louvre y lanzó una tarta al vidrio de La Gioconda (1503-19), la obra más famosa de Leonardo da Vinci.

 Al grito de «piensa en la tierra, la gente está destruyendo la tierra», el hombre dejó en claro que su actuación respondía a su deseo de advertir sobre el peligro del calentamiento global.

Lo que parecía una acción aislada no tardó mucho en repetirse, y Pescadores en flor (1889) de Van Gogh sería la segunda víctima. A un mes de distancia, el 30 de junio, una pareja de chicos entraron a la Courtauld Gallery de Londres y, adhiriendo sus manos al marco de la pintura de Van Gogh, explicaron que su principal preocupación era el planeta y su salvaguardia.  

Esta vez, la acción no había sido llevada a cabo de manera solitaria, sino que había sido planeada por el movimiento ecologista británico Just Stop Oil.

Manifestantes adheridos al marco de los Pescadores en flor de Van Gogh el 30 de junio de 2022 en la Courtauld Gallery de Londres 

En julio, Just Stop Oil volvería a arremeter, esta vez tomando de «rehén» a La carreta de heno (1821) del pintor británico John Constable. 

El día 4, dos jóvenes repitieron el mismo patrón de comportamiento en la National Gallery de Londres, pegando a la superficie del cuadro de Constable, además, una imagen impresa de un paisaje bucólico devastado por las energías fósiles.

Un día después, el 5 de julio, la «elegida» sería la copia de La última cena (1520) de Leonardo da Vinci, creada por Giampietrino y conservada en la Royal Academy de Londres. 

Escribiendo la frase «No new oil», un grupo de cinco activistas pegados al marco de la obra de arte instaron al Gobierno británico a detener la producción de nuevos combustibles fósiles.

Integrantes del grupo Just Stop Oil en la National Gallery de Londres frente a la pintura La carreta de heno (1821) de John Constable el día 4 de julio de 2022

Lejos de terminar, las protestas aumentaron. En los meses de octubre y noviembre se contabilizaron al menos diez manifestaciones más, llevadas a cabo dentro de distintos museos por parte de activistas medioambientales que repetían las mismas acciones.

Un segundo grupo ecologista se sumó a las «reivindicaciones por el ambiente»: Extinction Rebellion. Este colectivo se encargó de reproducir el mismo modus operandi en la Galería Nacional de Victoria de Melbourne, donde la pintura cubista Masacre en Corea (1951) de Picasso sería blanco de las protestas. 

En este caso, llamó la atención que quienes ejecutaran las acciones no fueran jóvenes sino activistas de 49 y 59 años, detalle que indicaba que las demandas estaban dejando de ser «cosa de niños» y que se extendían a otros colectivos usando estrategias distintas. 

Manifestación frente a La última cena (1520) de Giampietrino en la Royal Academy de Londres el día 5 de julio de 2022

Los próximos episodios ocurrirían en la National Gallery de Londres con el lanzamiento de sopa de tomate sobre Los Girasoles (1888) de Van Gogh; en el Museo Barberini de Potsdam, cerca de Berlín, con el esparcimiento de puré de papa sobre Los almiares (1890) de Monet; en el Museo Madame Tussauds de Londres, con el lanzamiento de una tarta sobre la figura de cera del Rey Carlos III.

Las manifestaciones se multiplicarían con la participación del grupo de defensa del ambiente Última generación, que daría vida a casos posteriores de protesta contra La joven de la perla (1665-67) de Vermeer en la galería Mauritshuis de La Haya y El sembrador (1888) de Van Gogh en el Palazzo Bonaparte de Roma. 

Activistas luego de lanzar sopa de tomate sobre Los Girasoles de Van Gogh el 14 de octubre de 2022 en la National Gallery de Londres

Las Majas (1808-12) de Goya en el Museo del Prado de Madrid, en cambio, serían objetivo de otro colectivo llamado Futuro Vegetal.

Derivada de Extinction Rebellion, Última generación representó un reto mayor porque logró diseminarse a lo largo de Europa generando grupos menores bajo el mismo nombre —pero en diferentes versiones lingüísticas locales—, que se organizaban independientemente y eran más eficaces en sus acciones.

Siguiendo su ejemplo, el grupo Stop Fossil Fuel Subsidies hizo de las suyas provocando un nuevo incidente que involucró a las Latas de sopa Campbell (1962) de Andy Warhol en la Galería Nacional de Camberra, Australia. 

Y, antes de terminar el año 2022, el 15 de noviembre, Muerte y Vida (1915) de Klimt en el Museo Leopold de Viena fue la última obra de arte en ser implicada en las protestas ecologistas de tales agrupaciones. 

Las motivaciones detrás de las protestas ecologistas

Al observar la gran cantidad de episodios de protesta, podemos imaginarnos que las motivaciones de quienes se movilizan hasta los museos para alertar sobre el cambio climático han de tener gran peso.

Sin embargo, el calentamiento global ha existido desde hace años, ¿por qué reclaman en este preciso momento?

Hay que recordar que las reivindicaciones nacen en Reino Unido, país que a inicios de octubre de 2022 decidió ofrecer licencias de petróleo y gas para aumentar la producción nacional e «impulsar la potencia energética de la nación».La ronda de licencias forma parte de los esfuerzos del nuevo gobierno británico por conseguir abastecimiento energético en un momento en el que todas las naciones europeas están tratando de independizarse del combustible ruso para poder prescindir de Putin y reducir su poder. 

Un líquido negro que recuerda al petróleo es arrojado sobre el vidrio de la obra Muerte y Vida de Klimt en el Museo Leopold de Viena el día 15 de noviembre de 2022 

En efecto, tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia, Europa ha comenzado a buscar alternativas para contrarrestar el dominio de Putin en la región. 

No obstante, los defensores del medio ambiente han criticado la nueva política de exploración del Mar del Norte porque consideran que esta iniciativa no proporcionará seguridad energética a largo plazo sino que beneficiará únicamente a las empresas del sector de combustibles fósiles.

Es por esta razón que han decidido tomar cartas en el asunto e innovar en la manera de protestar para no pasar desapercibidos por la población general.

Los protagonistas de las manifestaciones

Los primeros en poner de moda las actuaciones en museos fueron los británicos de Just Stop Oil. Los colectivos de Extinction Rebellion, Stop Fossil Fuel Subsidies y Última generación se incorporaron posteriormente.

En Madrid, en particular, se vio actuar al grupo de Futuro Vegetal, un colectivo de desobediencia civil que se define como un grupo cuya finalidad es «conseguir una soberanía alimentaria basada en plantas», según su página web.

Pero cuando mencionamos estos colectivos, pocas veces nos imaginamos el tipo de gente que hay detrás, que en realidad, para sorpresa de algunos, es gente común, igual que nosotros.

En una entrevista concedida al crítico de arte, artista y youtuber, Antonio García Villarán, el activista Sam, protagonista de la manifestación en el Museo del Prado de Madrid contra Las Majas, explica que es un chico normal de dieciocho años, que estudia fotografía y que ama el arte.

Este pequeño detalle final gana mucho valor a lo largo de toda la charla sostenida entre ambos. El joven, de hecho, aclara que su intención nunca ha sido dañar obras de arte sino usar la importancia del arte para llamar la atención.

Portada del vídeo de Youtube de Villarán sobre la entrevista a Sam, activista de Futuro Vegetal 

Completamente consciente del bajo nivel de protección de las obras escogidas, el muchacho explica que, a la hora de pegarse a uno de los cuadros de Las Majas, estuvo muy atento de tocar solamente el marco. 

Cuenta, aparte, que decidió escribir «+1.5º C» en la pared —en referencia al aumento de la temperatura terrestre— con pintura y no con spray justamente para evitar salpicar y de alguna forma deteriorar las pinturas de Goya. «No podíamos usar eso [el spray] porque podíamos haber dañado la pintura», comenta Sam.

Cuando se le pregunta por cuánto tiempo seguirán este tipo de protestas, el joven responde que son momentáneas, que no tendría sentido alargarlas por mucho más tiempo porque su objetivo es dar de qué hablar para incidir en la población y lograr presionar a los políticos hasta el punto de conseguir que se destinen fondos para asegurar «una transformación tecnológicamente responsable y una alimentación basada en plantas». 

Según él, este proyecto consolidaría la lucha contra el calentamiento global y evitaría el sufrimiento animal. Si las acciones se prolongaran, por el contrario, se perdería el poder mediático y no se lograría nada.

En efecto, hay que remarcar que estas acciones han sido desarrolladas dentro de museos y sobre obras que gozan de fama internacional por ese motivo: se busca escandalizar al público y usar ese escándalo para iniciar un debate que vaya más allá de las obras, que trate nuestra existencia y relación con nuestro planeta.

Posturas encontradas: críticas y elogios

Casi cien responsables de museos de todo el mundo firmaron el 9 de noviembre un comunicado en el que rechazaron las acciones de los activistas dentro de las diversas pinacotecas elegidas hasta el momento

«Los activistas responsables subestiman la fragilidad de estas irreemplazables obras de patrimonio cultural mundial, que deben ser conservadas. Como directoras y directores de museos responsables de las obras, su peligrosidad nos ha conmovido profundamente», declararon los gestores culturales en un apartado del mismo documento, representando la opinión de una gran parte de la población asustada por la idea de perder su herencia cultural.

Por otra parte, en cambio, algunos especialistas como Teresa Reyes, presidenta de Icom España, se han preocupado más por los efectos negativos de la narrativa que contrapone la naturaleza al arte, considerando que es peligroso concebir ambos campos por separado.

Teresa Reyes, presidenta de ICOM España

«Creemos que no tiene sentido que estos ataques se realicen en los museos porque las obras son de todos. Nos preocupa que el público crea que no estamos alineados con la causa del cambio climático cuando sí lo estamos», comentaba Reyes respondiendo a aquellos que critican a los museos por su elitismo e interés monetario contrario al ambiente.

De hecho, no son pocos quienes señalan desde hace décadas que los museos se han convertido en un desfile de obras cuyo propósito es ostentar «el poder hegemónico de sujetos patriarcales, coloniales y heterocentrados», como afirma el filósofo Paul B Preciado. 

Muchos creen que el concepto de museo que se ha manejado hasta ahora es anacrónico y que debe ser superado o renovado por medio de acciones como las impulsadas por estos colectivos de desobediencia civil.

Soluciones propuestas hasta el momento desde los museos

Para algunos, la clave para resolver toda esta cuestión está en la desarticulación de los museos, en la modificación del concepto que tenemos de ellos para impedir que sean únicamente «insaciables máquinas de coleccionar», como los describe el filósofo alemán Boris Groys.

Esto, según los que critican esta postura, transformaría el arte en un vehículo meramente político y se le despojaría de su valor trascendental.

Una opción intermedia sería la propuesta por Manuel Fontán del Junco, director de museos y exposiciones de la Fundación Juan March, quien cree que, alterando la idea que se tiene del museo, se podría llegar a aceptar que las pinacotecas fueran lugares dedicados a performances reivindicativas como las que hemos visto en estos meses, sosteniendo que lo politizado no sería el arte, sino el espacio del museo, que serviría como escenario del pueblo.

Por otra parte completamente opuesta, Tristram Hunt, director del Museo Victoria & Albert de Londres, respalda la idea de desarrollar sistemas de control exhaustivo a la entrada de cada recinto museístico para impedir que otro episodio de protesta se repita.

Miguel Falomir, director del Museo del Prado

No obstante, para algunos contrarios a esta idea, amurallar o aislar para evitar el intercambio con el exterior lo único que hace es perjudicar a la sociedad entera.

El director del Museo del Prado, Miguel Falomir, señala, de hecho, que «los museos no deben de ser fortalezas sino sitios de cultura», reiterando que las medidas de seguridad se pueden reforzar, pero que el «riesgo cero no existe».

Conclusión: ¿de qué se trata todo esto? 

El tema de las manifestaciones engloba, en realidad, muchos más matices que trascienden los objetivos iniciales defendidos por los grupos ambientalistas y que llegan incluso a rozar la necesidad de debatir sobre el porqué del arte en sí.

Las protestas, de hecho, han logrado hacer visible no solo cuestiones ambientales de gran relevancia que, de otro modo, no hubieran llamado la atención de la opinión pública sino también cuestiones relacionadas con el arte y los museos, que tantas veces son pasadas por alto.

Y esa es la verdadera victoria de los activistas. Han logrado que todos los sectores de la sociedad, por más diversos que sean entre sí, se detengan por lo menos por una vez a preguntarse si están haciendo bien las cosas o si deben cambiar la manera de proceder.

Sin haber dañado ninguno de los cuadros elegidos para alzar su voz, los manifestantes han logrado su cometido: la reflexión de la sociedad.

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